El autoritarismo electoral nos impulsa a preguntarnos sí la democracia aún vale la pena

“El simple hecho de que haya elecciones no basta para que estas sean competitivas. Piénsese en todos los instrumentos de que disponen los que están en el poder… Las reglas afectan a los resultados. Incluso pequeños detalles como la forma y el color de las boletas, la ubicación de los lugares de votación, la fecha en que tiene lugar puede afectar el resultado. Por lo tanto, las elecciones, inevitablemente son manipuladas… Hay algunas voces que afirman que en la actualidad estamos asistiendo al surgimiento de un fenómeno cualitativamente nuevo, “El autoritarismo electoral”… El hombre de poder en ejercicio no es necesariamente la misma persona: puede ser un miembro del mismo partido o un sucesor designado de alguna otra manera…”  (Przeworski, A. “Qué esperar de la democracia”. Siglo veintiuno editores. Buenos Aires. 2016).

“¿Qué son exactamente los autoritarismos electorales? La respuesta pasa por señalar que no son -bajo ningún concepto- sistemas democráticos, aunque permitan a veces un juego multipartidista en elecciones regulares para la designación de los cargos ejecutivos y legislativos. No lo son porque se trata de regímenes que quebrantan los principios de libertad y de transparencia, y que convierten las elecciones en instrumentos de consolidación del poder. Sin embargo, debido a su extraña mezcla de instituciones formalmente democráticas con prácticas autoritarias, estos regímenes no calzan en las categorías tradicionales. Además, estos sistemas suelen presentar un entramado institucional parecido al de las democracias representativas, si bien ninguna de sus instituciones ejerce funciones garantistas ni de contrapeso al poder establecido. Así, en el marco de esta estéril institucionalidad, el único (y principal) sitio de contestación es el de la arena electoral y, por eso, la celebración de elecciones es muy importante. Las elecciones, en este entramado, se convierten en algo más que en un ritual de aclamación, ya que forman parte sustancial del juego político. Por ello, los momentos electorales están cargados de conflicto y tensión, ya que las autoridades quieren seguir manteniendo el control de las instituciones y los opositores quieren arrebatárselo. Es en este marco en el que se produce una dura pelea, donde quienes detentan el poder pretenden controlar la administración electoral y el conteo de los votos, así como limitar los espacios de los partidos opositores y manipular los medios de comunicación… Es en este momento, el de las elecciones, cuando los autoritarismos electorales se juegan su destino, ya que, en función de la capacidad de la oposición de presionar, movilizar y sumar nuevos aliados, se puede impulsar una agenda democratizadora.

(Martí Puig, S. http://www.elperiodico.com/es/noticias/opinion/autoritarismo-electoral-1304201)

“En la actualidad, para juzgar el desarrollo de la democracia en un país determinado, la pregunta que hay que hacer no es ¿quién vota? Sino ¿sobre qué asuntos se puede votar?” (Bobbio, The future of democracy. 1989. P. 157.)

Como usted bien sabrá estimado lector, lo único de más que posee la presente pluma son palabras, pero a modo incluso de abonar la argumentación de este propio artículo, y como testimonio real de la posible existencia del autoritarismo electoral en el que nos encontraríamos subyugados, a modo de preservar la integridad de estas palabras condenadas a la censura por el régimen que se pretende perpetrar en el poder, mediante el viciado y perverso juego, de una aclamatoria de mayorías, solamente dejaremos a las citas textuales que planteen los escenarios de autoritarismo electoral citados.

Solamente nos corresponde hacer la pregunta, como duda, como inquietud, no como inquina, provocación o denuncia. El escarnio, la censura y la segregación, cultural, social y económica del que somos objeto por parte de quiénes se erigen en autoridad, por la ratificatoria de mayorías,  que dan en llamar democracia, no es más que un mínimo costo, nimio e imperceptible, que cada cierto tiempo se le exige a la humanidad, para ver sí es merecedora de contar con la posibilidad de ejercer su raciocinio y vivir en libertad.

“En la extraña combinación de ficción política y realidad, tanto los pocos que gobiernan como los muchos gobernados pueden verse limitados-podríamos decir incluso reconformados- por las ficciones de las que depende su autoridad” (Morgan, E. Inventing the people. Nueva York. 1988).

La autoridad se funda en la razón, de la que nos hubiera gustado prescindir, para siquiera hacernos la pregunta que de maduro cae y debemos expresarla a continuación.  ¿Cree usted en la democracia? “El futuro de la democracia es incierto. En Occidente, los sistemas democráticos han demostrado ser lo suficientemente fuertes como para sobrellevar las decepciones de las últimas décadas. Es perfectamente posible que puedan aguantar más. Pero aplazar el cambio serio porque es tan fácil asumir que la democracia está aquí para quedarse es poner en riesgo la estabilidad misma del gobierno democrático” (Lo afirma el hombre de Harvard Yascha Mounk, http://www.yaschamounk.com) para continuar detallando en su investigación, “En el New York Times de hoy, Roberto Foa y yo escribimos un artículo de dos páginas sobre el futuro de la democracia. Sobre la base de un proyecto de investigación en curso, preguntamos si los ciudadanos de todo el mundo pueden estar alejándose de las democracias. Algunos de nuestros hallazgos son aterradores: Hace veinte años, por ejemplo, 1 de cada 15 estadounidenses quería que el ejército gobernara. Hoy, 1 de cada 6 lo hacen.

Nuestro último trabajo editado fue presentado bajo el título de “La democracia incierta” (http://democraciaincierta.blogspot.com.ar/) y como no provenimos de Harvard, ni nuestros textos se publican en el New York Time, probablemente tengamos consideraciones distintas que las que pueden brindar a Yascha Mounk. Sin embargo y sin que de esto se tenga que hacer un apartado, lo cierto es que el mismo trabajo de investigación o de campo, estamos terminando de realizar, a partir de la pregunta que lleva como título el presente artículo.

El resultado final del relevamiento será presentado en breve, ni bien se alcancen las variables necesarias y exigidas como para darle rigor científico al trabajo de campo que sostendrá la investigación teórica, acerca de cómo y cuánto valora el ciudadano correntino a la democracia.

Claro que tal como el hombre de Harvard, en lo único que lo imitamos (nos diferenciamos sobre todo en su planteo de investigación, cuando consulta a los estadounidenses sí desean ser gobernados por los militares, probablemente lo haga porque allí nunca fueron gobernados de facto por los mismos, aquí esa pregunta es a todas luces no sólo inconducente, sino además, condicionante, que la gente, por ejemplo, no crea en la democracia no significa que prefiera o que tenga que optar por un gobierno de militares como ya los tuvimos. Presentar una investigación con este rótulo, no haría más que darle razón a los que no tienen razón en no querer cuestionar la democracia para superarla) es en adelantar ciertas resultantes o hallazgos en el campo de los hechos con respecto a nuestra pregunta de si creen o no en lo democrático.

En los bolsones marginales, en los archipiélagos de excepción, en donde el estado se ausentó en nombre de la política y los políticos al mando, sólo los tienen en cuenta, en los períodos electorales, para utilizar sus necesidades en el beneficio institucional de que asistan a las elecciones y los apoyen, a cambio de mendrugos o dádivas, en una práctica claramente extorsiva y prostituyente o cosificadora, la ciudadanía (sí cabe el término para tales sujetos que están en condiciones pre capitalistas y sometidos a la miseria de la indignidad del hambre constante y la bota arriba de la cabeza bajo el nombre de la necesidad permanente) sin embargo, cree, casi, dogmáticamente (estamos trabajando en una lectura en paralelo con el fenómeno religioso, que en las capas más bajas, sostiene sus adhesiones mediante la resignación, la culpa y la vida ultraterrena, en clave dogmática obviamente o apelando a que la fe es lo último que se pierde o lo único que se tiene en medio de la desesperanza) en la democracia, en la política o en sus políticos. Es paradojal, en tales sectores, en donde la política, o la democracia han demostrado sus fracasos más rotundos posee sin embargo, un apoyo irrestricto, irracional, explicable tal vez desde una resignación tajante o una fe conmovedora. Sin embargo, en los sectores, llamados independientes, cercanos a los cascos urbanos de las diferentes ciudades relevadas, los encuestadores, tienen muy difícil la realización de sus trabajos de campo. En un gran porcentaje son echados, cuando advierten que la consulta tiene que ver con la política. Los que responden, abrumadoramente, muestran su rechazo, sino también la generación de una suerte de resentimiento, hacia la política, y su sucedáneo actual, lo democrático. Aquí tal vez, sea conveniente volver a citar al hombre de Harvard, como para aproximarnos a una explicación del fenómeno. (“La gente está perdiendo su confianza en las instituciones democráticas. Tiene razones para estar enojada, a lo largo de la historia de la estabilidad democrática, el nivel de vida medio de la población fue aumentando de una generación a otra. Pero ya no. Debemos descubrir como nuestras democracias pueden ser estables en esta nueva circunstancia”. Mounk, Y). Se vislumbra esto mismo en forma fehaciente, pues la generación que podría estar mejor que sus padres, no lo está, y en paralelo, observan que aquellos que estaban como siguen estando, no tienen otra herramienta más que la fe o la resignación. Su conciencia de clase, no sólo es distinta, sino que además tienen las herramientas (educación formal por ejemplo o cierta cultura comunicacional o televisiva) como para expresarlo, cada vez más contundentemente y podríamos arriesgar, hasta con odios concentrados o acumulados, hacia los que ellos consideran responsables, agrupándolos en el significante de políticos/política/democracia.

Sabemos que no tendremos el beneplácito, el reconocimiento saludable, por parte de las autoridades, los medios de comunicación, y mucho menos la gratificación de los dirigentes políticos o culturales, por estar desarrollando esta colaboración a nuestra democracia vernácula. Incluso más, sabemos que lamentable, como erróneamente, este tipos de investigaciones, despierta la estulta y antediluviana reacción de que se la tomen con el mensajero. Seremos nuevamente señalados de todo lo que no somos, proyectados en odios ajenos, en envidias incomprensibles y en ninguneos harto frecuentes.

Sin embargo, desde Europa, como Estados Unidos, los distintos campos académicos que no necesitamos transitar, producen especímenes que hablan de lo que venimos alertando, trabajando y señalando desde hace tiempo, desde estas trincheras tan lejanas como lo está un barrio pobre de dejar de ser tal en los dominios democráticos. Pero esto mismo es nuestra intencionalidad, nuestra obsesión como pretensión, que seamos más humanos para con los otros, que eso definirá nuestra época, nuestra forma de gobierno, y con ello nuestra espiritualidad. Todo lo demás, desde las clasificaciones semánticas, pasando por los aspectos materiales o los obstáculos banales que tenemos que transitar, son gestas menores, que hablan más de aquellos que se inquietan en ensalzarlas o en llevarlas a cabo, que de los que estamos preocupados en esto que se resume en la pregunta como título del artículo, y que muy bien usted sabe la respuesta, que nos conducirá a plantearnos luego, ¿Qué hacemos luego?

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