Aquí nadie sabe nada

Cuentan, los que quieren ocultar parcialmente ciertas cosas, que hay pajaritos que van chivándose de los secretos que nadie quiere compartir. Los pajaritos han jugado un papel fundamental en la historia individual de cada persona. Cuántos pajaritos difundieron algo que solo yo sabía, y cuántos me contaron lo que tú pretendías llevarte a la tumba. Qué sería de nosotros sin esos lenguas largas.

Seguramente, sin esos pajaritos no nos habríamos enterado que para la política uno ha de aceptar trajes bastante caros, pues si el hábito hace al monje, puede ser que el traje haga al político. Sin los pajaritos no sabríamos que se pueden construir estaciones de trenes para pasatiempo de las palomas, y aeropuertos enteros para levantar estatuas. Eso es renovar un país: ideas frescas, inesperadas, impactantes. Quizá nunca habríamos escuchado que hay partidos que tienen caja A y B, y que, además, una vez la B sale a la luz tampoco es que se niegue todo, podría ser que algunas cosas fueran ciertas. No vayamos a poner la mano en el fuego –otra vez–, que a la segunda quizá quema. A lo mejor nunca hubiéramos descubierto que alguna majestad no fue ningún buen ejemplo a seguir: el pajarito nos dijo abiertamente que trabajó para un dictador hace ya muchos años y continuaba, recientemente, rodeado de impresentables antidemócratas cerrando tratos en lugares peligrosos para animales. Si no fuera por un pajarito proveniente de África quizá nunca habríamos escuchado unas tristes disculpas vacías, ni una rauda abdicación miedosa. Sin estas pequeñas aves no sabríamos de qué tratan los acuerdos entre EEUU y Europa, si es que traen el progreso para todos y todas o, acaso, pretenden vendernos a plazos. Tampoco conoceríamos los objetivos reales de guerras en Oriente Medio ni habría un señor que, tan solo informa, perseguido por la justicia del supuesto país más justo del mundo. Qué tendrán los pajaritos que se enteran de todo. Y va más allá: saben más que los propios protagonistas de los secretos que ya nunca más serán tales.

Y qué fácil es, sorprendentemente, echar la culpa a los pájaros. Al fin y al cabo, ellos son libres, vienen y van, no están, parece, a nuestro alcance. Fue un filósofo ateniense –que no griego– el que intentó, con éxito, justificar la frase de “sólo sé que no sé nada”. Qué entusiasmo creó para que, a día de hoy, sea todavía una de las frases célebres de la historia de la filosofía occidental y mundial. Qué pena, por otra parte, que no se entienda bien, o se aluda a ella con unos matices tan radicalmente distintos que pasen a ser giros de contenido. Y aunque la intención no es hablar de filosofía, ni de Sócrates, seguro que alguna relación se podrá encontrar.

Se tiene la sensación, y no sólo últimamente, que aquí nunca nadie sabe nada, y si lo sabe, no es porque se haya enterado dentro de un ejercicio de introspección interior. Si lo sabe es porque algún pajarito nos lo ha contado. Y una vez la noticia es pública, la respuesta se asemeja bastante a la anteriormente citada: sólo sé que no sé nada. Parece que hay mujeres, con un alto cargo dentro de bancos muy importantes, que no conocen los hilos de las cuentas que sus maridos tejen. Parece que hay algún presidente del gobierno que no veía una gran ola de crisis financiera, y algún otro que, incluso habiendo criticado al anterior por sus respuesta ante la catástrofe, ha imitado una por una las recetas. Parece que este mismo último presidente desconocía que tenía compañeros y amigos dentro de su partido que llevaban a cabo prácticas corruptas, y solo los pajaritos le han hecho ver que era él mismo el que se escribía mensajes con ellos. Qué cabeza la suya. Parece ser que en dos días se pudo cambiar algún artículo de la constitución sin consultar a nadie pero preguntarnos sobre algún cambio es inconstitucional. Menos mal que algún pajarito nos lo dijo, porque no se escuchó alto y claro. Parece ser que hay suicidios por desahucios, casas sin energía, oligarquías jugando con las sobras que la hacienda pública, para pagar la cada vez más estrecha sanidad o salvar a la más ancha, escandalosa e irresponsable banca, nos usurpa. Hay estudiantes que no pueden pagar la universidad y universidades que cierran programas de investigación. Hay jóvenes titulados que emigran a otros países mientras el nuestro pierde cantidades enormes de dinero en esa educación, ahora, desaprovechada. Parece que continúa habiendo intereses privados en medios de comunicación y cuando cambia el gobierno cambia también la cúpula de la televisión pública. El pajarito nos sigue contando que esos brotes verdes no son tan verdes y el color morado del pecado continúa mandando en el congreso. Hasta algunos eurodiputados desconocían dónde y bajo qué condiciones estaban sus pensiones. Mucha burocracia y letra pequeña, para qué leerla. El pajarito saca a la luz verdades, o medias verdades, si se quiere, y sonroja a los culpables, una y mil veces. Sin embargo, parece que aquí nadie sabe nada, porque, al ser preguntados, la sorpresa es mayúscula pero, por ahora, al ser votados la sorpresa solo nos la llevamos unos pocos. Parece ser que funciona. Parece ser, efectivamente, que no es solo ellos, sino que es que, realmente, aquí nadie sabe nada.

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