Apóstol

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    SINOPSIS

     

     Lucas, funcionario de la Administración de Hacienda, es un observador del pequeño mundo que le rodea. Está acostumbrado a ver la vida así, desde su escondite, con la esperanza aún oculta de acabar con el miedo que le atenaza. Vive enamorado de Clara, una compañera de trabajo que lo ignora y que cae en las garras de Toni, el déspota conquistador de la oficina. Su tiempo pasa lento, casi inalterable, como una sucesión de minutos que se destruyen los unos a los otros. Cansado de buscar encuentra a Gloria y, de repente, igual que una inmensa luz ilumina una estancia oscura, descubre un amor que lo estremece a una edad en la que ya no espera nada.

    Con reminiscencias goethianas, el romanticismo de Apóstol subirá al lector a un tren de sensaciones y emociones del que le será difícil descender. Poética y descarnada, una novela intensa, lírica, subyugante, una obra escrita con la vocación de ser leída desde el corazón.

    A petición del autor, publicamos los dos primeros capítulos de esta maravillosa obra. Gracias Manuel

    CAPÍTULO 1

    —A ver si eres capaz de acertar este —dijo Gloria, retán­dome—. El que lo hace lo vende, el que lo compra no lo usa nunca y el que lo usa nunca lo ve.

    Recuerdo la primera vez que me fijé en el cielo. Recuerdo las nubes tripudas, las nubes con forma de cigarro, las nubes agujereadas y las nubes vestidas con trajes negros. Recuerdo el sonido del viento. Recuerdo las hojas girando a mi alrededor como llaves de puertas invisibles bailando una danza desorde­nada. Recuerdo la primera vez que metí un pie en el agua del mar. Recuerdo el frío del agua en invierno. Recuerdo la arena húmeda de la playa. Recuerdo el tamaño de las personas que caminaban y cuchicheaban sobre la arena. Recuerdo el sonido de los otros niños a mi alrededor. Si hago un esfuerzo, soy capaz de recordar la primera vez que probé la tarta helada de fresas con nata. Aquel placer del ácido de la fresa y la suavidad del dulzor de la nata derritiéndose en mi boca. Aquel sabor, aquel primer sabor.

    Nos enamoramos de las cosas más ínfimas. Ocurre porque en el fondo sabemos que tienen la facultad de sobrevivir a la grandeza del mundo gracias a su facilidad para adaptarse. Amamos lo microscópico porque estamos construidos de áto­mos. Lo hacemos también porque en nuestro mundo incons­ciente lo más pequeño es la esencia de lo más grande; la misma grandeza con la que una insignificante flor atraviesa el asfalto y brota hacia la luz.

    Los recuerdos de un viejo son pequeños: se deshacen igual que una estructura débil, divagan en la cabeza con la consis­tencia de una pompa de jabón entre la brisa. Alguna que otra mañana, al levantarme, siento que la memoria me da un res­piro, como si existiera un código que mi cerebro descifrara de manera aleatoria. Nos enamoramos de las cosas más pequeñas porque vamos cumpliendo años, de la misma forma que un niño, en un solo segundo, comienza a amar algo que resulta nimio a ojos de un adulto.

    Recuerdo la primera vez que la vi de cerca. Apenas había cumplido los diez años, ella tenía dos más que yo. Lo primero que me llamó la atención fueron sus manos. Blancas y huesu­das. Sus manos llenas de dedos finos. Luego sus ojos. Sus ojos como gotas de agua observadas a través de una lupa gigante. Aquellos focos que ocupaban la superficie entera de su cara.

    La primera vez que la vi caminaba ensimismada con un libro en la mano, de un lado a otro del polideportivo donde gastábamos el tiempo del recreo, como un ángel ardiendo en medio de una luz sobrenatural, un ángel que había venido a la Tierra para conocer el alma de los humanos. Eso pensaba yo. Recuerdo que me hizo feliz descubrir que su nombre era Ángela.

    Estoy de pie frente al espejo de mi cuarto de baño, en mi piso, en la ciudad. Me dispongo a afeitarme. Acabo de cum­plir cincuenta años y me cuesta reconocer que solo pueda lucir una tímida pelusilla bajo el labio y el mentón. Esa es la pura verdad. La pelusilla apenas sobresale por encima de la piel, pero debe ser segada con el objetivo de que crezca algo más de vello en la zona. Aunque puede que con mi edad sería mejor olvidarse de ello para siempre. Sí, puede que deba hacerlo. Mis compañeros de trabajo se ríen de mí. Noto sus risas clavándose en mi espalda. La familia de mi padre está llena de lampiños y la de mi madre de velludos.

    Uso gafas de pasta de color negro tipo Clark Kent. El poco cabello que me queda se desperdiga por mi cabeza como si al­guien lo hubiera escupido con una cerbatana. Mis ojos son mí­nimos, tan pequeños que frente al espejo parece que desapare­cieran por momentos. Mi nariz es regordeta y aplastada como si alguien la hubiese golpeado con un martillo pilón. Tengo los pómulos altos, panzudos, atrincherados bajo mis ojos. Mi frente es un solar industrial repleto de carreteras desdibujadas. Mis orejas pequeñas, ridículas, tímidas como un amanecer en invierno. Mis manos están llenas de minúsculos dedos gordos. Soy de talla baja, rollizo, de piernas pequeñas y tobillos oron­dos.

    Suelo levantarme temprano. En el metro todos me miran como si me conocieran. Suelo mantenerme ocupado ojeando un libro o una revista, pero puedo notar un mar de miradas atravesándome. Las ignoro, aunque en silencio no dejo de pre­guntarme la razón de su extraño interés hacia mí. Hay un tipo muy alto que siempre se sienta cerca, porta un maletín de cue­ro negro enorme (o sería más exacto decir que el maletín le carga a él) al que rodea con sus gigantescas manos blanqueci­nas. Rara vez mantiene la mirada en un punto definido, como si no le interesara nada de lo que le rodea. Hay dos mujeres sentadas frente a mí. Una de ellas tal vez tenga unos sesenta años, la otra unos veinticinco. La primera no cesa de mover las manos nerviosamente, acaricia sus dedos y se toca la nariz una y otra vez. La más joven lleva unos auriculares en los oídos, uno de esos cascos enormes que parecen murallas de sonido.

    La mujer mayor es rubia, supongo que teñida. Tiene la piel tan blanca que parece nórdica y los ojos tristes y azules, traslúci­dos. La de veinticinco parece petrificada, con el móvil entre las manos, tecleando sin cesar. Apenas sonríe alguna vez. De repente se acaricia el cabello soltando aleatoriamente una de sus manos del teclado. Tiene los ojos grandes como soles y una nariz minúscula atrapada en una cara afilada y estrecha de mentón prominente. Cuando abre los ojos parece que quisie­ra vomitarlos de las cuencas. Teclea como si le quemasen los dedos. Suelta una mano aplastándose el cabello nerviosamente contra el cráneo. Ya veo mi parada.

    Mi nombre es Lucas Martínez López. Soy funcionario, tra­bajo en el departamento de contabilidad de la Administración de Economía y Hacienda. Me gano la vida sumando, restando y aplicando el Plan General de Contabilidad. Tengo una mesa, un ordenador y estoy rodeado de papeles y de personas rodea­das de papeles con un ordenador y una mesa cada uno. Las horas pasan despacio. Demasiado despacio. Se hacen eternas. Soy muy tímido y rara vez suelo entablar conversación con mis compañeros de trabajo. Pero hay un tipo de unos treinta y cinco años llamado Toni. Alto, moreno, cuadrado. Ese perfil que vuelve locas a las mujeres. Pues bien, resulta que es la única persona con la que mantengo alguna que otra conversa­ción durante los descansos. Es gracioso decir que hablamos, sería más correcto decir que yo me limito a escucharle con educación esperando encontrar en sus palabras algo que pue­da identificarme con él, lo cual resulta casi imposible, porque apenas entiendo una palabra, como si hablara una lengua ex­traterrestre.

    Hay una compañera que se sienta cuatro mesas a mi dere­cha. Su nombre es Clara. Tiene el cabello negro, muy negro. Ojos verdes, muy verdes. Gigantes. Como si su cara fuera una extensión ridícula de ellos. Sus manos son pequeñas, muy pe­queñas. Su piel es blanca como la nata y parece aún más tímida y solitaria que yo. No suele entablar conversación con nadie. Es una mujer tan hermosa que no parece de este mundo. Ojalá me atreva alguna vez a decirle que me encantaría pasar el resto de mi vida con ella. La observo constantemente. A veces pare­ce absorta en su trabajo, otras despistada, como si desconectara del mundo y volviera a él con una extraña sutileza. Se levanta en pocas ocasiones de su mesa y la mayoría de las veces la veo ir directa al baño. Por el camino saluda a algunos compañeros sin despegar los brazos del cuerpo, con un tímido movimiento de sus labios. Moviéndose resulta más hermosa si cabe. Es un ángel de alas invisibles caminando discretamente sobre este planeta. Clara tiene una de esas voces de algodón capaces de curar cualquier herida del alma. Una voz de una profundidad tal que se clava en tu cerebro para siempre. Coincidí con ella la primera vez en la máquina de café, a última hora de la maña­na, a principios de verano, hace ya un año. Iba vestida con un traje largo hasta los tobillos de color verde manzana y el pelo recogido en una coleta. No pude evitar quedarme petrificado ante ella, ante esos enormes y luminosos ojos verdes suyos. Su boca: esa estructura matemática de carne bajo una preciosa nariz pequeña y redonda. Sus pómulos: círculos de nieve so­bre una piel tersa y relajada. Su cuello: ni demasiado grande ni demasiado pequeño. Pasaron unos segundos, no sé cuántos, hasta que bajó la mirada con un gesto de timidez. Me atreví a preguntarle si quería café o prefería agua caliente para un té o una infusión. Ella contestó: “café, gracias”. El café humeante cayó en el vaso de plástico y luego se lo ofrecí. Volvió a darme las gracias y las adornó regalándome una sonrisa que aún hoy recuerdo. En ese momento lo supe; supe que me había enamo­rado perdidamente de Clara.

    CAPÍTULO 2

    Mi casa era un hogar oscuro, ordenado y desolador, como una isla pintada de negro en medio de un océano luminoso. Así debía ser. O eso era al menos lo que mis padres, bajo un acuerdo lleno de cláusulas inútiles que solo los adultos son ca­paces de firmar, me obligaban a aceptar. Yo era un niño tímido, silencioso, obediente. Era el niño ideal en una sociedad fami­liar basada en la coherencia, en la justicia y en la disciplina. En realidad, lo único que hacían mis padres era sobrevivir a su propia impostura, a su dictadura de quereres y poderes, a su universo de momentos vacíos.

    Alfredo, el portero de mi edificio, suele llamarme señor Lu­cas. Es un tipo enorme, puede que dos veces yo. Hoy le susti­tuye su sobrino Pablo, un chico de unos veinte años, inquieto y extremadamente inteligente aunque disperso y silencioso. Me saluda tímidamente levantando su brazo derecho cuando atra­vieso el portal del edificio y yo le devuelvo el saludo con una sonrisa. Es pleno invierno. Cuatro grados, calzoncillos largos, pantalón de pana, camisilla, camisa de botones hasta las mu­ñecas, suéter de lana, abrigo largo de cuero, botines de cuero. Sábado por la mañana, paseo mientras la personas transitan a mi lado, el claxon de los coches, parece que va a llover, ando despacio. Los ángulos de los edificios en perfecta simetría pa­san delante de mis ojos en medio de mis pasos. Las aceras decrépitas, sucias, desordenadas, tristes. Voy esquivando a la gente que pasa a mi lado como si fueran bultos, como si hubieran vuelto a la vida con un piloto automático alojado en sus corazones. Solo siento el silencio y siento el ruido y siento el dolor de la ciudad. Ando despacio y ando rápido y ando en­tretenido en mis pensamientos para no ahogarme en este des­agradable río de oscuridad donde no pasa nada salvo el ruido. Hace frío, tanto que solo llevo al aire los ojos.

    La residencia de ancianos donde vive mi madre está a una manzana de mi casa. Mi padre hace ya diez años que murió víctima del cáncer. Se fue en dos meses, apenas sin darme cuenta, mientras estaba con él en el hospital. Mi madre cayó en una severa depresión y yo no tuve más remedio que ingre­sarla en una residencia ante la imposibilidad de dedicarle todo mi tiempo. Los médicos me dicen que está estable aunque no habla, solo te mira con esos enormes ojos tristes suyos. Cojo su mano, acaricio su pelo largo y blanco, le digo que la quiero con la esperanza de que lo entienda y la abrazo una y otra vez. Ella me mira, alguna vez sonríe como si me dijera que se sien­te bien, que me quede tranquilo. Luego llora, llora tanto que siento que se me va a morir en los brazos como antes lo hizo mi padre.

    Hoy es el día de su cumpleaños. Le he comprado un ramo de rosas rojas (las que le gustan) y una caja de bombones de chocolate praliné (sus favoritos). Las enfermeras se alegran al verme. Gracias por venir, me dicen. Y yo sonrío. Es mi madre, me limito a visitarla, pienso. La residencia está llena de ancia­nos abandonados a su suerte por sus hijos, tal vez por eso sea tan poco común que yo visite a mi pobre madre con frecuen­cia. Gracias, señor Lucas, muchas gracias, me dice Andrea, la jefa de las enfermeras, tu madre se alegrará mucho de verte. Mi madre está sentada en su silla de ruedas junto a la ventana.

    Yo estoy de pie bajo el umbral de la puerta con las flores y los bombones entre mis manos, esperando un gesto suyo que la devuelva a la vida real aunque sepa a ciencia cierta que es imposible. Camino hasta llegar a su altura, giro con cuidado su silla y allí están sus ojos duros y tristes, profundos como océa­nos. Sus ojos mirándome. Beso sus mejillas y pongo el ramo de rosas sobre sus brazos, los cuales descansan ajados sobre sus delgados muslos. Baja la cabeza y se queda unos segundos con la mirada petrificada sobre el ramo, luego vuelve a subirla y me mira. Siento que está contenta; contenta con las flores, contenta de mi presencia. Le acaricio la cara, el pelo, la frente. Abre los ojos como si quisiera emitir el más mínimo de los sonidos para agasajarme y, en ese instante, le muestro los bom­bones colocándolos a la altura de sus ojos. Son tus bombones preferidos, madre, los que tanto les gustaban a también a papá. Abro la caja y le ofrezco uno, no miro cuál, solo introduzco la mano en la lustrosa caja de color rojo y elijo uno al azar, lo acerco a sus labios y ella abre la boca. Lo mastica y llora. Llora sin parar durante algunos minutos y yo me limito a enjugar sus lágrimas con un pañuelo de papel.

    En la residencia hay una anciana que me mira siempre. Tie­ne el pelo corto y grisáceo. Su cara, pequeña como un mi­crobio, subraya una frente ligeramente abombada. Su aspecto es el de una mujer profundamente maternal; cuando te mira parece que quisiera amamantarte. Está en la habitación de al lado y siento que ha memorizado las horas y los días que ven­go de visita porque siempre me espera de pie junto a su puerta justo después de despedirme de mi madre. Solo me dice “hola, hijo” mirándome a los ojos. Una mujer que te clava sus ojos como soles. Al pasar a su lado me detiene con su brazo so­bre mi hombro. Te pareces tanto a mi hijo Bruno. Tu mirada, como la suya, esconde a un hombre vulnerable que busca sin descanso algo que sabe que no podrá encontrar jamás, dice. Y me acaricia amorosamente el cabello, la cara y la frente. ¡Qué hermoso corazón tienes, hijo! Y da media vuelta en dirección al fondo de la habitación perdiéndose entre la penumbra. Me quedo unos segundos observando la habitación oscura, una habitación que parece una caverna; un lugar de refugio más que de descanso. ¿Cuál será su nombre?, me pregunto, ¿qué historias habrán marcado su vida?

    Camino a lo largo del pasillo de la residencia entre ancianos que me saludan con sus manos cansadas y sus ojos perdidos. Voy observando cada ángulo, cada gozne de cada puerta, el techo grisáceo a causa de la humedad, los zócalos de un color blanco mate, los rodapiés de azul verdoso, las lámparas del techo con sus largos brazos y bombillas de bajo consumo, los paisajes de playas y montes en los cuadros de tamaños auste­ros, las ventanas de aluminio negro de cristales límpidos desde donde se observa el jardín del edificio y el sol y los árboles y las nubes. Atravieso la puerta de entrada y salida de la residen­cia y me quito la chaqueta porque hace calor. Al fin un poco de calor.

    En un banco del parque que está a cinco minutos andando desde la residencia, hay un hombre sentado y concentrado en la lectura de un libro. Lo observo desde lejos mientras ando contando los pasos bajo la sombra de encinas y cipreses. A mi derecha, el lago y los patos jubilosos en su mundo de patos felices. El hombre está petrificado, con las piernas cruzadas, con la vista clavada en las páginas. Pasa una de las hojas con un movimiento simétrico, relajado, cómplice. Me detengo un segundo para mirar hacia arriba. El cielo se cubre de nubes blancas y rollizas. Vuelvo a ponerme la chaqueta. Hay una mu­jer que corre en mi dirección. Es una mujer joven, esbelta, con el cabello recogido en un moño, con un pantalón corto de color gris y una camiseta blanca. Bonitas piernas, pienso. Y cuando pasa a mi lado me sonríe porque sabe a ciencia cierta que me ha llamado la atención. Me doy la vuelta para verla de espaldas. Se mueve como una burbuja, como si flotase en vez de correr. Al final las nubes han acabado por cubrir el sol y la humedad, antes oculta por el calor, reaparece majestuosamente.

    Clara es cinco o seis centímetros más alta que yo y puede que ocho o diez años más joven. Cuando está frente al orde­nador es como un árbol en un parque deshabitado; no se funde con el paisaje marchito y hueco que la rodea, sino que lo am­plifica de color y belleza para hacerlo hermoso. Los papeles de su mesa están ordenados sobre pequeñas montañas solo a su derecha. El teléfono fijo, el monitor y el teclado del ordenador a su izquierda. Suele apartarse el cabello de la cara con un gesto que parece displicente y sin embargo resulta grácil a la vista, como si hubiera sido capaz de mecanizarlo sin restarle ni una pizca de feminidad. Sus piernas son largas, estilizadas, saludables. A veces levanto la cabeza y la veo sonreír. Su ros­tro se ilumina y parece tan fresco y dulce que no puedo dejar de mirarla embobado.

    Me siento a observar el paisaje de mi alrededor desde un banco ubicado en un montículo rodeado de hierba en el par­que. Hay un camino en zigzag que llega hasta él. El trayecto resulta un andar plácido sorteando algo de greda y pasto. Si no hace demasiado calor el sudor ni siquiera hace acto de presen­cia y el aire, casi siempre fresco en ese lugar, hace que cada paso sea un placer para los sentidos. Desde allí la gente parece desdibujada, igual que sombras chinescas alborotadas sobre una pared viva, como sueños que alguna vez fueron seres de carne y huesos caminando y corriendo sin cesar. Siento el si­lencio sobre mí, la luz cenital atravesando las nubes. Siento el aire húmedo y ebrio de serenidad sobre mi cara. Y todo parece inquieto, vigoroso, eterno.

    Autor: Manuel Pérez Cedrés

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