A mitad de camino

El edificio constaba de diez pisos en total. El ascensor se detuvo de repente en el quinto, justo a la mitad. El sobresalto inicial dio paso a una conversación entre desconocidos. Era el tipo de situación en la que dos individuos olvidan el silencio social, y se refugian el uno en el otro ante el peligro, ante la incertidumbre. Quizás fuese el instinto de supervivencia, pero la vergüenza perdió su significado, las frases brotaban de los labios de los prisioneros mientras estos esperaban a los bomberos o, al menos, una llamada tranquilizadora de los responsables de la empresa.

Ya hacía al menos quince minutos que aguardaban.

Distraer la mente. No pensar en nada negativo. Respirar profundamente. El caso es que ambos pensaban en que se habían visto en algún otro lugar: esa forma de hablar, esos gestos, esa mirada… ¿Vecinos del mismo barrio? ¿Antiguos compañeros de clase? ¿Amigos de amigos de amigos? No sabían responder a la cuestión. Por suerte, la luz de la cabina del ascensor no se había extinguido, y podían seguir indagando.

Ya hacía al menos media hora que aguardaban.

Esos quince minutos más les habían ordenado un poco la mente. No… No eran vecinos del mismo barrio, ni antiguos compañeros de clase, ni amigos de amigos de amigos. Así que, ¿de qué demonios se conocían? Estaban sentados en el suelo. Llenaban la reducida atmósfera con discusiones banales, mientras cada uno se iba poco a poco encerrando cada vez más en sus cavilaciones, para despejar la incógnita sobre la identidad del otro. En realidad, era como cualquier conversación: las palabras surgen, y terminan haciendo que los que las han pronunciado se refugien en una discusión interna, en sus dudas, sus preocupaciones y sus miedos.

Ya hacía al menos una hora que aguardaban.

El calor empezaba a apretar. El suelo de la cabina era de mármol, de manera que podían refrescarse un poco poniendo en contacto la mayor parte de su cuerpo —sin atravesar la línea de la decencia social— con aquellas benditas baldosas. Cambiaban sus piernas y brazos de posición, siempre huyendo del calor que ellos mismos transmitían. Las palabras vacías seguían impregnando el aire, cada vez más caliente. Y la ayuda no llegaba.

Ya hacía al menos dos horas que aguardaban.

El instinto de supervivencia les hacía ahorrar oxígeno. Este elemento es sin duda la paradoja suprema del universo: lo necesitamos para vivir, pero con cada respiración se lleva una parte de nosotros; nos oxida, nos contamina… nos asesina. A los prisioneros no les importaba lo más mínimo lo que el oxígeno les provocara en el futuro, cual droga; en ese momento era su máxima prioridad, para sobrevivir.

Ninguno se preocupaba ya de la decencia artificial. Él se había desprendido de su camisa, y ella había hecho lo mismo, todo para luchar contra la calurosa atmósfera. Las miradas se volvían fugaces, se clavaban en los lugares a los que, en general, solo la imaginación puede llegar.

Ya hacía al menos dos horas y media que aguardaban.

Esa pequeña cicatriz cerca del hombro izquierdo… Ese lunar justo encima del ombligo… No… ¡Era imposible! Tanto el chico como la chica por fin descubrieron de qué se conocían. Habían pasado muchos años, pero, ahora que la incógnita despejada estaba, un torrente imparable de recuerdos se desbocaba en la mente de ambos. Por supuesto, ninguno se aventuraba a confesar sus pensamientos al otro.

Vergüenza. Cobardía. Nerviosismo. Búsqueda de refugio interior… Las razones por las que no se confesaban, no se arriesgaban, podían ser muchas. Quizás cada uno esperase a que el otro se decidiera a dar el primer paso, despojándolo así de la coraza tras la que se escondía.

Sí… Ya sabían perfectamente por qué se conocían.

“Ella estaba mirando los artículos expuestos en un escaparate. En el cristal percibió la mirada de un chico que la estaba observando. ¿O también estaba concentrado en los artículos? No, no. La dirección de sus ojos no dejaba surgir la mínima duda al respecto. 

Sin saber por qué, la chica le devolvió la sonrisa, y los artículos perdieron todo el interés para ella… 

Los días más lluviosos podían ser los más felices. Las noches no tenían final…

Decidir. Elegir. Escoger. Optar. Preferir… Cuando se decide, se elige, se escoge, se opta, se prefiere…, siempre perdemos algo a cambio. La vida no deja de ser una victoria y una derrota constantes. 

Y ellos, tras haber tomado la decisión, tuvieron que enfrentarse al día en que perdieron lo que más les importaba. ¿Lo que ganaron? Tal vez, nada en absoluto. Sus vidas comenzarían entonces a oscurecerse; ambos se volverían prisioneros de una existencia sin ningún sentido. 

¿Y para qué vivir si no se tiene un motivo?”. 

Y llegaron las tres horas de espera.

Ella estaba mirando su propio reflejo en las baldosas de mármol. Él hacía lo mismo. Como aquel día en la vitrina del escaparate, sus miradas se cruzaron en el reflejo. La vergüenza, la cobardía, el nerviosismo, la búsqueda de un refugio interior… se derritieron en medio del calor de la cabina.

Se devolvieron las sonrisas, y ni siquiera la preocupación por la falta de oxígeno podía arrebatarles ese momento.

Tendrían que tomar una decisión, como siempre. ¿Qué podían perder? Ya habían perdido todo hacía años. ¿Lo que podían ganar? Tal vez, absolutamente todo.

El ascensor volvió a ponerse en movimiento. Parecía que estaba ascendiendo. Llegó al décimo piso, la última parada. Pero los que acababan de recuperar la libertad siguieron subiendo, siguieron elevándose, siguieron viviendo…

No hay comentarios

Dejar respuesta