A medio camino de la revolución conceptual (extracto del

Existe, parcialmente, un camino, un sendero que, inobjetablemente, nos tiene a medio hacer, a medio realizar; y hay un momento en el que es sumamente válido preguntarse si hace falta recorrer más o si resultaría conveniente regresar.

Regresar sería apasionarnos, enceguecernos por nuestra democracia al punto de creer que no existe nada mejor; existe el temor de que sería retroceder a los tiempos de las dictaduras.

En todas las aldeas occidentales en donde estalla mediáticamente un conflicto, los requerimientos a lo democrático son copias exactas, sintomatologías iguales a las de una pandemia que tienen como punto neurálgico o cabal de su ferocidad a la democracia en su forma y contenido.


Uno de los tantos problemas en transitar este sendero es, precisamente, lo metodológico; es decir, cómo llegar a tal objetivo de una forma más auténtica, rápida, efectiva o con menos concesiones entregadas en el camino.


La brecha, el abismo, les otorga a los representantes (por sobre los representados) el derecho de exigir a los demás todo tipo de esfuerzos, de imponer sus propias reglas—que incluyen ética y moral sectorial, facciosa—, y detener una vida de privilegios a expensas de los otros, quienes, por más que trabajen la vida entera, no alcanzarán jamás a hacer, de la realidad actual, un caldo de cultivo para que el orden establecido cambie o se modifique en la sustancialidad de lo que se denomina democrático.

Uno de los tantos problemas en transitar este sendero es, precisamente, lo metodológico; es decir, cómo llegar a tal objetivo de una forma más auténtica, rápida, efectiva o con menos concesiones entregadas en el camino. Tanto desde adentro de los procesos novedosos —por tentación o por referencia al pasado— como desde afuera —por el temor que les genera a los sectores complacidos que las reglas del juego se vean cuestionadas—, se conducirá siempre, irreversiblemente, a la necesidad de un cambio, a subvertir lo establecido, a la revuelta en las calles, a la insustancialidad de la disputa de poder.

Pensar la política tanto desde la lógica del adentro como del afuera es un canal posible para dejar esa posición arrogante que lleva, a los que están adentro, a creer que se tiene la integridad suficiente como para representar a los demás, estableciendo aquella falacia de “los de arriba y los de abajo”.


Debemos subvertirlos para que sean los responsables ejecutores de un Occidente que tenga reglas más inclusivas o democráticas. Debemos subvertirlos para poder alcanzar, —tal como la entendemos algunos—, la verdadera democracia.


Sin embargo, hoy, los actuales revolucionarios —independientemente del proceso en el que se encuentren sus revoluciones y, obviamente, del lugar en donde las estén llevando a cabo—, deben tener en claro que la revolución de nuestro tiempo es una revolución conceptual que se da, o debe darse, en el ámbito del lenguaje. Debemos subvertir la revolución. La revuelta pasa por convencer a los favorecidos de que no tienen verdadero beneficio sobre los privilegios de los que dicen gozar. Para esto no necesitamos ocupar ninguna calle, incendiar ninguna bandera o edificio.

Simplemente, nos bastará con tener claro esto para socavar la mente de los que mandan, de los que gobiernan, de los que tienen en sus manos las reglas de juego. A ellos debe apuntar nuestra revolución, hacia allí debemos apuntar nuestro objetivo revolucionario.

Debemos subvertirlos para que sean los responsables ejecutores de un Occidente que tenga reglas más inclusivas o democráticas. Debemos subvertirlos para poder alcanzar, —tal como la entendemos algunos—, la verdadera democracia.

http://www.apeironediciones.com/libros/El-acabose-democr%C3%A1tico-Francisco-Tom%C3%A1s-Gonz%C3%A1lez-Caba%C3%B1as-p90834070

Debemos despertar a la filosofía de su sueño dogmático y liberarla del presidio de la indiferencia

Avanzamos hacia una democracia sin elecciones

La tierra sin política

No hay comentarios

Dejar respuesta