A la caza de lo imposible

La búsqueda de trabajo, hoy en día, se ha convertido en toda una odisea. Una odisea en el sentido de que, cada vez más a menudo, son menos las personas que consiguen hacerse un hueco en el mercado laboral. ¿Cuál es el motivo? ¿Qué es lo que ha ocurrido para que cada vez haya más parados en nuestro país? La verdad es que no tengo una respuesta fácil, ni tampoco una respuesta difícil. En realidad, no consigo encontrar el motivo de este suceso. Puede que todo se deba a la fragilidad por la que pasa la economía mundial, o a la defectuosa actuación de nuestros políticos o, incluso, a la última reforma laboral. Pero, lo que sí es un hecho contrastable es que, uno de los más afectados en este asunto, es el sector juvenil que posee estudios.

¿Qué es lo que nos hace ser rechazados por las empresas que deberían contratarnos? En mi caso particular, es la falta de experiencia laboral. Tras dedicar seis años a mis estudios, me encuentro que, en este país, lo único que interesa a las empresas centradas en mi sector es la experiencia. ¿A caso no cuenta mi formación? ¿No es posible que puedan contratarme empezando en el escaño más bajo y que, con el tiempo, pueda ir ascendiendo? Parece que no, que lo único que importa es que hayas trabajado anteriormente en alguna empresa que ya te concedió esa oportunidad.

Cada día, salgo a la calle, las manos cargadas con no sé ya cuántos currículos y me dispongo a realizar una única tarea, ir a la caza de un trabajo, es decir, ir a la caza de lo imposible. Una nueva ruta cada día me lleva a diferentes empresas dedicadas a mi sector, donde dejo uno de mis apreciados currículos en los que no consta ninguna experiencia, solamente mis prácticas tanto del Ciclo Formativo como las prácticas propias de mi carrera. Al ver la cara de la persona encargada al leer mi currículum, casi instantáneamente, sé lo que va a pasar, puedo verlo en su mirada, no voy a ser seleccionada en el caso de que haya un puesto vacante. Y no es porque no tenga o demuestre unas aptitudes adecuadas, sino porque ya le han entregado cincuenta, cien, doscientos… no sé cuántos currículos más y, por desgracia, esas personas tienen más experiencia que yo misma.

El día que no salgo a la caza de un trabajo, en casa, hago lo mismo. No recorro las calles, pero sí recorro las diferentes páginas de búsqueda de empleo en las que estoy registrada en las que, por mucho que no quiera admitirlo, pasa exactamente lo mismo, piden un mínimo de experiencia en el sector. Las abro una a una, no solo para buscar trabajo, sino también para comprobar si alguna empresa ha revisado recientemente mi perfil. Lo cierto es que esto último no importa, pues aunque lo revisen sino dispones de la experiencia adecuada, te descartan ipso facto.

No soy la única joven con estudios que se encuentra en esta situación, ni mucho menos. Al menos, no me considero la única, hay muchos más en mi situación o, en algunos casos, mucho peor que yo. ¿Es justo? No soy quién para juzgar si esto es justo o no. ¿Cambiará pronto esta situación? Es la pregunta que me hago todos los días. Necesito que cambie, todos en mi misma situación necesitamos que cambie, que nos den una oportunidad de demostrar que nuestra formación ha servido para algo, que no somos solo teoría, sino que también sabemos aplicar esta teoría a la práctica. Queremos que nos den la oportunidad de avanzar, de desarrollarnos en aquellos que llevamos años estudiando, perfeccionando. En definitiva, necesitamos que nos permitan poner en práctica, en el mercado laboral, todos aquellos conocimientos que hemos adquirido durante el largo proceso en el que hemos sido, ni más ni menos, que unos simples estudiantes con ansias de progresar.

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